Bienvenidos todos,
Estamos en el año de Nuestro Señor de 1.213. Hace un año un ejército combinado del Reino de Castilla, Reino de León, Reino de Navarra, Reino de Portugal y Reino de Aragón se enfrentaron con un ejército aún mayor del Imperio Almohade. Fue la mayor batalla que se recordaba en mucho tiempo y, gracias a la valentía de las tropas cristianas y la ayuda de Dios, se pudo derrotar al moro. Desde entonces la guerra ha perdido mucho fuelle, una hambruna ha asolado todos los reinos y ha hecho que las batallas se conviertan en escaramuzas y las villas pasan a manos de moros y cristianos con facilidad, los nobles fronterizos juran obediencia a sus reyes mientras negocian con el enemigo si ven que pueden ser derrotados.
Nuestra historia se centra en uno de esos territorio fronterizos, las llamadas Marcas del Alba, unos territorios situados entre Toledo, capital del Reino de Castilla, y Trujillo, una importante villa cristiana ahora bajo el dominio almohade. Estas marcas están bajo el dominio del Conde Alonso de Alba, de la importante família noble de los Alba. Las principales marcas son: la marca de Fuerte Seguro, la marca de Sangrespesa, la marca Grande (llamado por lo pequeño que es su territorio) y finalmente el centro de nuestra história: la marca de Cruzrota.
La marca es un territorio de paso, cada uno de vosotros se dirige aquí por sus propios motivos personales. El camino es largo y poco transitado, demasiados ejércitos han pasado por aquí, y todos sabemos que los soldados no son hombres de paz y villanos y campesinos acostumbran a sufrir sus malas costumbres. La lluvia es fuerte, cada vez más. Parece que ángeles y demonios batallen encima vuestro, los truenos resuenan en vuestra cabeza mientras cada vez os cuesta más andar a causa del viento y el agua que cae del cielo. Casi no podéis seguir el pequeño camino que seguís cuando veis una pequeña posada con acogedora luz, a sabiendas que avanzar más esta noche no os será posible buscais refugio allí...
El primero en llegar fue David, un rabino francés que las malas lenguas afirmaban que era tacaño hasta por ser un judío, pueblo conocido por su amor a las monedas. Iba vestido de manera humilde e iba con un carro lleno de mercancías para comerciar e intentar prosperar en estas belicosas tierras, aparte de otros motivos que solo eran de su incumbencia. El posadero, Suero, le ofreció la sala común pero siendo hombre curtido en los negocios vio que quizás ese judío tenía buenos dineros y le ofreció la habitación del piso superior a lo que el rabino aceptó. En el piso de abajo estaban Suero, su hijo Francisco, de diez años, su hijo adoptivo, Martos de 14 años y una pareja de campesinos que viajaban: Gregorio y Clodovea. David se sentó en una mesa cerca del fuego y pidió algo de comer a Suero.
Al cabo de un rato la puerta se abrió y apareció Miriam, una mudéjar que aunque joven estaba curtida en la vida. Tenía ciertos conocimientos de magia y aunque se centraba en hacer el bien sobre los otros Dios la había maldito. El posadero viendo que era una mujer árabe desconfió y le cobró un poco más que a los otros, seis maravedíes. Una vez pagó se sentó aparte del resto de gente de la sala.
A continuación llegó Sigrid, una mendiga del lejano norte, vestida con poco más que harapos pero con na gran cruz colgada del cuello. Con desconfianza miró al resto de presentes y pagó los cinco maravedíes que pedía Suero por dormir en la sala común y una comida.
A esto que llegó Silvio, Silvinho para los amigos, un campesino gallego con algunos secretos y buscando fortuna en el territorio fronterizo pues no le llegaban los maravedíes para alimentar a su mujer y sus dos hijas. A diferencia de los otros viajantes al gallego no le pareció bien el precio que pedía suero por una noche en la sala comuna y se enfrentó a él. Cuando el posadero sacó su principal argumento, su garrote y le subió el precio por su boca demasiado grande, Silvio enfadado salió de la posada pensando en buscar refugio dónde pudiera encontrar en esas tierras extrañas bajo una intensa lluvia.
A eso que vio una persona que se acercaba, era un hombre que andaba penosamente bajo la lluvia, como si estuviera herido. Cuando lo vio de cerca lo reconoció como un noble y le prestó su ayuda. Llegaron al acuerdo que si Silvio sanaba las heridas el noble pagaría la diferencia de precio con lo que se pedía.
Entraron dentro de la posada y antes que suero se enfadara el noble presentó el trato hecho al posadero que, a mala gana, aceptó. Subieron al piso de arriba y allí en la habitación de Suero el gallegó usó su bálsamo alquímico sobre la herida del noble. Éste más que extrañarse se mostró reticente.
- No deberías usar estas artes ante desconocidos, pues aunque sus efectos sean beneficiosos muchos de podrían juzgar mal y tu acabar peor...
Bajaron al piso de abajo, Don Alfón, pues así se llamaba el noble invitó a una copa de vino a Silvio. Allí todos pudieron observar cómo el noble iba con una armadura de cuero de estilo extranjero y lo que llamaba más atención era que no iba con espada: su arma era una cimitarra, arma de moro.
El gallego intentó entablar conversación con tal hombre, poco pudo sacar de él a parte que había estado de viaje por Tierra Santa y que de camino a aquí había sido asaltado por bandidos.
Los siguientes viajeros en llegar fueron Abner ben Yehudá y su compañero de viaje Abraham ben Leví. Abner era un hombre extremadamente delgado y flexible, eso le había servido para ganarse la vida como bufón en el reino almohade, aunque ahora su suerte había cambiado y había huido hacia tierras cristianas. Al entrar y ver a un rabino fueron hacia él, ya que sabían que no estaban entre amigos y mejor protegerse entre iguales.
Ese momento se abrió la puerta de la posada, llegando un último viajero: Bernal. Era un hombre de fuerte constitución que daba miedo por la joroba en su espalda que le daba un aire siniestro, no era para menos pues aunque no lo supieran se ganaba sus buenos maravedíes con el bandidaje. No ayudaba a mejorar el hecho que aparte de parches de cuero y estaba armado con una hacha y una ballesta. Al pedir por quedarse esta noche y ver que no tenía dinero se enfrentó a Suero. Silvio, reconociendo a Bernal como paisano y que la situación podía descontrolarse, se ofreció a pagarle la noche a lo que el grotesco hombre aceptó y prometió devolverle el dinero cuanto antes posible.
Así continuó la noche, Martos intentó entablar conversación con los viajeros, quedándose sobretodo con Sigrid pues le relató cosas de su viaje desde el norte. Don Alfón pidió bendición al rabino David, extraño por un caballero cristiano. Relató que respetaba a todos los hombres de Dios, fueran de la religión que fueran.
A eso que se oyó un grito fuera, un grito agónico de dolor. Don Alfón salió el primero, seguido de Bernal, Silvio y Abner. Bajo la intensa lluvia había una guardia arrastrándose dejando un camino de sangre que rápidamente desaparecía por el barro y el agua. Más allá, dentro del bosque, Silvio vio a dos figuras luchando armadas ambas. El hombre del suelo solo pudo decir entre terribles dolores y esputos de sangre:
- Salió de la nada, no pudimos huir, nada lo paraba...
Don Alfón parecía que ya tenía suficiente y entró rápidamente a la posada, seguido de Abner. Silvio vio como una de las figuras mataba a la otra con un golpe de mandoble y se giraba hacia ellos. Cogió su honda y aún sabiendo que bajo esa fuerte lluvia poco podría hacer, lo intentó. Mientras nadie lo miraba Bernal miró qué cosas de valor llevaba el guardia, aparte de unos pocos dineros y unas botas no sacó nada de provecho.
Silvió dio en la extraña figura cuando esta se mantenía al borde del bosque sin avanzar. Era un hombre en una armadura de placas y un espadón, permaneció ergido bajo la lluvia, en el bosque.
Entraron los dos y Don Alfón empezó a ordenar que había bandidos fuera y que se tenían que asegurar las puertas. Intentaron sonsacarle más información al noble pero no soltó prenda aparte que parecía que era perseguido, sin mencionar su perseguidor. Y así pasaron las horas de tensa espera, algunos durmiendo y Don Alfón afilando la rica cimitarra que llevaba.
Hasta que alguien con fuerza empezó a llamar a la puerta. Silvió miró por la pequeña ventana del lado y vio que era la extraña figura con armadura, estaba al lado de la puerta esperando que se abriera. Silvio, asustado, cogió una pequeña lámpara de aceite y la lanzó sobre el caballero, prendiéndole fuego. En vez de asustarse y chillar únicamente se apartó de la posada y se puso bajo la lluvia y, una vez apagado el fuego, se internó una vez mas en el bosque. Llamó la atención el blasón de la armadura del caballero: cuatro manos, una al lado de la otra.
Ahora ya si que todos estaban asustados e hicieron presión al noble para que contara qué estaba pasando. Así que el hombre se encontró en la situación de explicar sus extrañas aventuras y la razón por la que era perseguido...
"No se si os han llegado las malas lenguas del populacho, pero se dice que la familia de los Ayamonte están malditos. Sea cierto o no yo era buen amigo de Justiniano de Ayamonte, sobrino del actual Marqués de Ayamonte. Tenía una gran preocupación sobre esa maldición y quiso ir en búsqueda del Reino del Preste Juan por si podía encontrar una solución. Sus más fieles amigos, jóvenes, alocados y con ganas de aventuras, le acompañamos. Eramos yo, Don Alfón Maldonado, ser Juan Sánchez y Lope de Kadis y Justiniano. Pero solo llegamos a Tierra Santa y allí no pudimos encontrar ninguna referencia segura sobre tal cristiano reino. Pasaron los años y no avanzábamos en nuestra búsqueda, es mas, tanto Juan como Lope murieron. Allí hablamos con quien no se debería hablar y fuimos a sitios que no se tendrían que ir. Justiniano poco a poco perdía la razón y se obsesionaba, al final hicimos tratos con adoradores del Maligno a cambio de un gran conocimiento y él terminó vendiendo su alma. Y al final encontramos ese conocimiento, uno que es tan grande y sangrado que te destruye... haciendo que Justiniano perdiera su vida. La maldición que afecta a su familia hizo que el Maligno no pudiera reclamar su alma al momento, debía disponer de sus huesos. Los mismos huesos que le juré que llevaría a su tierra natal en caso que le pasara algo. Una promesa que se hace difícil de cumplir pues he sido perseguido por el Diablo desde entonces, pero es una promesa que voy a cumplir aunque me vaya la vida."
La historia impresionó a los presentes. Se enfrentaban a algo mayor de lo que habían conocido hasta ahora. Pero aún había otro punto a descrifrar: quién era esa extraña figura? Silvio comentó el hecho de las cuatro manos. El posadero, Suero, se quedó pálido. Recordaba eso de un cuento que le contaba su Aya cuando era pequeño, así que subieron todos a ver a la pobre Aya, que con su edad ya no se podía valer por ella misma y pasaba el día en la cama esperando que su querido Suero le trajera una buena sopa.
La vieja recordaba el cuento, era el siguiente:
"Hace muchos años, cuando estas tierras aún pertenecían al moro y los bravos cristianos luchaban para liberarlas del yugo pagano había un valiente hidalgo que, aún de no ser de más alta alcurnia, comandaba ejércitos con firmeza y habilidad. No solo eso, sinó que iba primero en la batalla y se encargaba de dar fin a cuanto enemigo se ponía por delante. Cuenta la leyenda que cuatro villas conquistó junto a sus hombres y cortó las manos de los emires de estas y los mandó con un mensaje al sharif de la provincia que, cuenta la leyenda, se rindió y huyó al ver la determinación del guerrero cristiano. El rey otorgó tierras y nobleza al hombre, haciendo de su escudo de armas las cuatro manos de los emires. Años pasaron y el hombre se casó, prosperó y engendró un heredero que dispondría de todo lo que su padre había ganado noblemente. Pero la felicidad no duró mucho, pues el moro estaba en las fronteras y los otros nobles envidiaban las azañas del valeroso guerrero. Así que hicieron una oscura conjura para intentar terminar con él, con la ayuda de los nobles cristianos, los moros secuestraron al hijo heredero. Le mandaron un correo con una manita del niño y reclamaron que se retirara de sus territorios si no quería que la próxima vez el correo mandara otro mensaje. Fiel a sus principios pidió consejo al rey y a Dios. El rey le dijo que ceder su territorio a los moros pondría en peligro la cristiandad y muchas vidas ya se habían perdido. El obispo le dijo que el Cielo estaba llenos de mártires que habían muerto por defender a Cristo y allí el niño no sufriría. Así que se mantuvo firme a sus convicciones y los moros cumplieron sus amenazas y a cada semana que pasó recibió una parte del cuerpo de su hijo. Esta semana otra mano, la siguiente un pie, poco después una oreja... Sin poder contener su ira el guerrero buscó ayuda en otra via. Contactó con una bruja conocida y pese a sus advertencias y súplicas lo ayudó a contactar con el Maligno. Hizo un pacto con éste, le daría la fuerza y el poder para aplastar a sus enemigos para rescatar a su hijo a cambio de su alma. El guerrero aceptó, se puso su armadura y su espada y salió a la caza. Primero cazó los nobles que le habían traicionado, no había arma que pudiera pararle. Cuando descubrió dónde tenían a su hijo los moros fue a por ellos. Asaltó su madriguera y él solo mató a más de treinta paganos gracias a su determinación y la impía fuerza que el Maligno le había dado. Cuando encontró a su heredero ya le habían malherido en demasía y su vida se le escapaba, únicamente sonrió y dejó caer una lágrima ya que su última visión era su querido padre. Después de esa noche desapareció pero empezaron a oirse historias de una extraña figura armada con una cota de placas que atacaba a cualquier persona con un blasón noble, llevando gran preocupación a los nobles locales. Cuando los muertos llegaron a más de la cincuantena apareció un hombre santo, no se sabe si un Papa o un simple monje, que encontro fácil arreglo a la situación. Fue hasta la derruida torre dónde había residido el antaño valiente guerrero, se acercó a la tumba del pequeño, pues el cuerpo fue encontrado y enterrado en cristiana ceremonia, y recitó las siguientes palabras: "Por Dios protegiste a los cristianos, por el Rey protegiste a tu gente, ahora tu hijo canta en los coros de Cristo. No permitas que el maligno condene tu alma".
Así que estaba claro, tenían que evitar que el espectro se hiciera con los huesos mientras iban dónde decían las leyendas que estaba su antigua torrea para recitar las palabras y esperar que fuera suficiente.
Don Alfón hizo jurar al resto de presentes que se encargaran de llevar los huesos al marqués para que fueran enterrados. Aceptaron casi todos, algunos por convicción como David o Silvio, otros como Bernal solo por el beneficio económico. Sigrid no vio necesidad de ayudar al noble castellano así que se mantuvo aparte.
El plan sería el siguiente: Don Alfón frenaría al espectro, muy posiblemente dando su vida. Sigrid se quedaría con él, pues tenía curiosidad de ver al ente. El resto se dirigiría hacia la torre, llevando Silvio los huesos.
Y así lo hicieron, salió primero llamando la atención y el resto salieron corriendo tras de ellos. Aunque el sitio no estaba lejos el frondoso bosque y la intensa lluvia hicieron que fuera difícil orientarse. Los primeros eran Silvio junto con Abner y Abraham, el resto les seguía de lejos y terminaron perdiéndose. Mientras éstos corrían, Alfón luchó una batalla perdida y al final el caballero lo hirió gravemente y lo remató cortandole la cabeza por mucho que Sigrid intentó evitarlo llamando la atención del ser. Lo único que pudo hacer fue correr dentro de la posada y atrancar la puerta. Una vez dentro, con el cuerpo de Don Alfón, Sigrid y Suero, el posadero, se repartieron las monedas del noble. La alemana también, sin ser vista, había recogido la cimitarra del noble.
El grupo que se había perdido, Bernal, Miriam y David, intentaba orientarse bajo la lluvia cuando se encontraron con dos lobos rabiosos, con la boca llena de sangre. Atacaron a Miriam y a David, hiriendo éste gravemente, suerte que Bernal se encargó de ellos con su hacha.
Cuando llegaron a la torre Silvio, Abner y Abraham, se toparon con el espectro. El gallego, asustado, salió corriendo internándose en el bosque. Mientras los dos judíos se dedicaron a buscar la tumba del niño y a recitar las palabras. Lo hicieron en el momento justo, Silvio se había tropezado y tenía al espectro encima suyo, apunto de matarle.
Todos volvieron a la posada dónde descansaron y Silvio al coger el cuerpo del noble se dio cuenta que le faltaban las monedas. El ambiente empezó a caldearse por sus acusaciones al posadero, momento en que Abner 'cayó' encima de éste y le robó su bolsa (ya se sabe, quien roba a un ladrón...). Los judíos con la mudéjar pues preveían problemas cuando Silvio pidió ayuda a Bernal. El posadero, asustado por el hombretón quiso darles unas monedas pero al ver que no llevaba encima les acusó a ellos. La situación terminó con Bernal clavándole el hacha al pobre Suero y matándolo en el acto. Sigrid corrió a proteger a los niños y a echar a la pareja de portugués y gallego, pues querían llevarse el caballo de Suero. Silvio se sentía culpable por el desenlace y ya no veía con tan buenos ojos a Bernal.
La situación terminó con todo el grupo menos Sigrid haciendo camino a carro hacia la marca de Cruzrota, la alemana se quedaba con Martos y su hermano pequeño...
Lo que no sabía el grupo es que Martos cogió un caballo y fue por otra ruta que aunque más larga, el hecho de poder correr sin carro hizo que llegara a la Torre Rota, frontera de la marca, antes que el grupo y pudiera pedir ayuda y hacer su acusación. Una vez llegaron los estaban esperando y apresaron al jorobado, jurando venganza.
Todos fueron presentados ante el marqués que les recompensó económicamente que llevaran los huesos y les dio permiso para residir. Menos a Bernal, que sería ahorcado a la madrugada y enterrado en terreno no sagrado...

